Un poco de historia: la música y la armonía de los sentidos

Captura de pantalla 2013-07-25 a las 11.48.02En la naturaleza misma de la música está la noción de pluralidad. Una relación de distintos sonidos que conforman una melodía, un canto, una estructura armónica en la que todo se combina y mezcla en orden.

De hecho, la palabra sinfonía, de origen griego, dice eso: mezcla, combinación de cosas distintas. La propia idea de acorde, de simultaneidad sonora de varias notas, de relaciones establecidas entre distintas alturas de sonido, el contrapunto (que no es más que una nota contra otra, un diálogo), revela la multiplicidad de algo que se ha entendido como unidad.

La antigua teoría de la armonía de las esferas – propagada por Pitágoras después de haber entrado en contacto con los maestros caldeos, que eran excelentes astrónomos y matemáticos -, nos habla de un acontecimiento extraordinario que responde a la concepción de un espacio común.

Pitágoras y sus continuadores sugirieron que el universo estaba sustentado por el sonido. Por un sonido original, que mantenía la bóveda celeste en equilibrio gracias a las proporciones perfectas de la música, gracias a sus exactas correspondencias numéricas, matemáticas. La propia palabra universo significa eso: verso hacia el uno – universo.

Pensaron que de un planeta a otro había un intervalo musical, y que en consecuencia la cadena planetaria formaba una larga y conciliadora melodía. Era una manera de explicar lo simultáneo, la cohesión de distintos elementos, una gran metáfora para expresar el conjunto ordenado que preside las cosas.

Una melodía capaz de armonizar. Y eso nos hace pensar en el acierto de un músico como Erik Satie cuándo decía que estudiar detenidamente una melodía supone para el alumno un impagable ejercicio de armonía.

Los pitagóricos tenían en la música una medicina. Creían que conjuntar y equilibrar los diversos humores corporales era obra del sonido. Los elementos discordes, para ellos, producían la enfermedad.

El esfuerzo de armonizar el estado físico con el sonido se hacía casi siempre en grupo. Con los enfermos echados en el suelo, boca arriba, de noche, escuchando lo que el sanador tocaba y cantaba. Se observaba una dieta, había que vestir unas ciertas telas, preferentemente lino, de la misma manera que sólo podía escucharse la música en algunos modos o disposición de escalas.

Estas escalas, pensaban, estaban en relación con la constelación que presidía este momento. Sólo así podrían extraer del poder curativo de la música su máxima eficacia. Aunque esta idea de armonía de las esferas nos pueda parecer una ingenuidad, nos sirve para admirar de los antiguos su manera de entender la concordancia y el conjunto, de pensar la proporción y el número.

Por eso algunos compositores contemporáneos han escrito recogiendo la idea de este fluir natural, expresado también en el interior humano, lejos de la concepción individualista, en la convicción de que no somos únicamente una biografía, sino una correspondencia, un puente de paso, porque hay algo que se nos escapa.

Fuente: Ramón Andrés en la conferencia “En Comú: La Música”, en el Centre de Cultura Contemporànea de Barcelona (CCCB). Ramón Andrés (Pamplona, 1955) es autor de numerosos escritos musicales y literarios, entre ellos los libros Diccionario de instrumentos musicales, Desde la Antigüedad a J. S. Bach (1995/2001/2009) y W. A. Mozart  (2003/2006).

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